lunes, 29 de febrero de 2016

Tangerine dream: mermelada de mandarina amarga, agua de azahar y jengibre


Ahora que estamos en invierno (de hecho, ¡por fin llegó el invierno!¡la nieve cubrió el Teide!) recupero esta entrada que escribí hace casi un año y que no publiqué porque pasó la temporada. Y en esta cocina, como sabéis, las temporadas son sagradas. Ahora que tenemos de nuevo mandarinas, aprovechadlas para hacer esta mermelada.

Último domingo de invierno. Hace una mañana espléndida, el calorcito de la primavera empieza a notarse. Preparo esta mermelada escuchando jazz mientras Sami duerme en su hamaca. Le oigo roncar y veo como de vez en cuando la hamaca se mueve un poco, como si hubiera un animalillo dentro, o uno de sus piececitos asoma por encima del borde. Acaba de cumplir 5 meses y cada día nos tiene más embelesados, con sus carcajadas, sus gorgoritos, esa forma de mirar tan intensa que tiene, de frente y directamente a los ojos. Y pienso en cuanto me gustaría que mantenga esa actitud toda su vida, siempre de cara y con la frente alta, que pueda mirar siempre a la gente a los ojos.

Y sí, a sus 16 meses sigue manteniendo su mirada directa y limpia. Ya no duerme en su hamaca porque ya no cabe, aunque se supone que le debía durar hasta los dos años...... Como dice su padre, es como un cachorro de San Bernardo, grandote y achuchable, en esa frontera sutil que separa a un bebé de un niño. Sigue riendo a carcajadas, le encanta hacer la croqueta, viajar, pasear por el monte y saludar a todo el que se cruza en su camino. ¡Y comer mandarinas! Es feliz.


Esta mermelada la he preparado con unas mandarinas amargas que me regaló un amable tendero en el Mercadillo del Agricultor de Tegueste. Fue precisamente en su puesto que compré hace unos años las naranjas amargas con las que preparé esta mermelada. Nos gustó tanto que he usado la misma técnica. Es laboriosa de preparar, más laboriosa que cualquier otra mermelada. Pero el resultado vale la pena y, además, con un kilo de mandarinas salieron 6 botes y medio de mermelada. Eso sí, es una mermelada de sabor fuerte y nada empalagosa. Si os gustan las mermeladas más dulzonas aumentad la cantidad de azúcar.

Ingredientes,

1 kilo de mandarinas amargas
1,650 gr de azúcar
1,6 l de agua
5 cucharadas soperas de agua de azahar
2 cucharaditas de jengibre picado

1- Lavar las mandarinas y ponerlas, enteras, en una olla con 1,6 litros de agua. Hervirlas a fuego suave hasta que estén blandas (unos 20 minutos). Retirarlas del fuego reservando el líquido.
2- Partirlas por la mitad y retirar la pulpa y los pipos, reservando ambos.
3- Poner los pipos y la pulpa en una cacerola y hervirlos con 200 ml del agua de cocción de las mandarinas durante 10 minutos.
4- Cortar finamente las pieles de las mandarinas, y ponerlas en la olla junto con el agua que reservamos en el paso 1. Colar el líquido de hervir los pipos y la pulpa, y añadirlo a la olla, junto con el azúcar y el jengibre. Ponerlo a fuego medio, removiendo todo el rato para que no se pegue.
5- Probad de vez en cuando la textura de la mermelada, ya que aunque parezca que está muy líquida cuando se enfría aumenta considerablemente su consistencia. Para ello ponemos un plato pequeño en el frigorífico, y cuando queramos comprobar el punto de la mermelada ponemos una cucharadita en el plato, lo volvemos a meter en el frigo, y a los pocos minutos lo sacamos. Si al presionar la mermelada enfriada con el dedo esta se arruga es que ya está a punto. Añadid el agua de azahar casi al final de la cocción.
6- Retiramos del fuego y dejamos reposar en la cacerola 20 minutos, sin remover.
7- Llenamos los botes previamente esterilizados y una vez fríos les hacemos el vacío como expliqué aquí.

Se conserva de maravilla. Nosotros estamos disfrutando del último bote. La combinación chocolate- mandarina es una delicia.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Un producto humilde, dos platos de fiesta: crema de remolacha asada, puerro y ajo negro + bizcocho de chocolate y remolacha {Navidad sostenible con Ventanas Verdes}


Lo he repetido tantos años ya que debo resultar cansina, lo sé. No me gustan las Navidades. No. Desde hace unos años tengo mis particulares motivos, pero incluso antes no me gustaban porque el rollito este de la bacanal del consumo no va mucho conmigo. Consumo excesivo en muchos sentidos. En estas fechas compramos demasiado, comemos demasiado, y en muchos sitios mucha de la comida que se prepara, más abundante de lo habitual por ser las fechas que son, se termina tirando. Así que cuando este año surgió la propuesta entre las Ventanas Verdes de hacer un menú navideño "sostenible" me pareció una idea estupenda, que podría ayudar a mucha gente que o bien no quiere o bien no puede realizar grandes dispendios por mucha Navidad que sea.

La idea era preparar un plato y dar ideas de lo que se podría hacer con las sobras, o bien preparar platos festivos sin necesidad de ingredientes caros. Yo opté por esta última opción. Decidí usar un producto humilde, la remolacha, que en mi caso es de mi huerta pero que creo que no supera el par de euros por kilo en el mercado, si no me equivoco. Pues bien, con un kilo de remolacha se puede hacer un primero y un postre, muy resultones, para seis personas. Y además, muy sencillos de preparar.

La base de partida es asar las remolachas. Lo único que hay que hacer es calentar el horno a 200ºC, lavar las remolachas y cortarles los tallos, y ponerlas en una bandeja. Las horneamos una hora-hora y media, hasta que se puedan pinchar fácilmente con un cuchillo. Las sacamos del horno, dejamos que se enfríen, las pelamos, y a continuación podemos hacer estos platos.


Crema de remolacha asada, puerro y ajo negro

Ingredientes:
~750 gr de remolacha asada
un puerro
3 dientes de ajo negro (se pueden sustituir por ajos asados)
un chorrito de aceite de avellana (opcional)
sal y pimienta
yogur natural para acompañar

Preparación:
Rehogar el puerro en juliana con un poco de aceite de oliva. 
Triturar la remolacha con el puerro, el ajo negro y el aceite de avellana, añadir agua hasta conseguir una crema más o menos espesa, según nuestro gusto.
Servir caliente, y acompañada generosamente de yogur natural batido.


Bizcocho de chocolate y remolacha, con glaseado de agua de azahar y semillas de amapola

Ingredientes:
250 gr de chocolate al 70%, troceado 
3 huevos
175 gr de azúcar moreno 
70 ml de aceite de oliva virgen
1 cucharadita de extracto de vainilla
125 gr de harina
1/2 cucharadita de bicarbonato
1/2 cucharadita de levadura de repostería
50 gr de almendras molidas
250 gr de puré de remolacha asada

para el glaseado: mezclamos azúcar glas (~6-7 cucharaditas) con agua de azahar (~2 cucharaditas)
semillas de amapola

Preparación:
Calentar el horno a 180ºC.

Forrar con papel de horno y engrasar un molde de bizcocho.
Derretir el chocolate en un cazo a fuego flojo (o en el microondas si os apañáis bien con él). 
Batir los huevos con el azúcar y el aceite de oliva, añadir la vainilla, la harina, el bicarbonato, la levadura y la almendra, y mezclar lo justo para no tener grumos.
Añadir el puré de remolacha asada y el chocolate.
Pasar la mezcla al molde, y hornear 50 minutos.
Dejar que se enfríe por completo antes de desmoldarlo. Cuando esté frío, echamos por encima el glaseado y espolvoreamos con semillas de amapola.

Como siempre, os invito a que abráis el resto de Ventanas, que tienen unas propuestas maravillosas.  ¡Y aprovecho para desearos un buen (y sostenible) solsticio y un feliz 2016! Yo volveré el año que viene, ¡espero que con más frecuencia!

jueves, 24 de septiembre de 2015

Chutney de ciruelas; Mermelada de tomate, albahaca y vinagre de jerez {Conservas con Ventanas Verdes}


Este mes, siguiendo la tradición, las Ventanas Verdes publicamos nuestras recetas de conservas. Y aunque lleve dos meses sin decir ni mú, os aseguro que he seguido cocinando, conservando, y atendiendo en lo posible la huerta, así que el reto de este mes me pilla preparada.  Cierto es que con la edad que tiene Sami ahora es difícil trabajar la huerta. Está en un momento de actividad febril, quiere explorarlo todo pero aún no camina de manera autónoma, pero sobre todo, por encima de todas las cosas, no soporta estar quieto. Así que pretender ponerte a escardar con él en la mochila es pecar de ingenuo. A menos que haya suerte y se quede sopa (cosa que ya sólo sucede una vez al día) empezará a quejarse a los 10 minutos. Sami es lo que venimos denominando un "bebé-ardilla". Así que este verano nos centramos en los tomates, las calabazas, las berenjenas y poco más.

Hace un par de años ya os expliqué mis motivos para sacar tiempo de debajo de las piedras para conservar mi cosecha. Pese a tenerlo claro, este año, con la dificultad añadida de que hasta no acostar a Sami no podía ponerme a conservar, reconozco que hubo momentos en los que me decía a mi misma ¿por qué?¿por qué te metes en estos líos? Y justo en ese momento, cuando mis ánimos estaban a punto de ser aplastados por unos kilos de tomates, leí esta nueva entrada de Erika: The crush of the harvest. Crush podría traducirse como "colisión" o también en su forma verbal significa "aplastar". Os hacéis una idea de qué va la entrada, ¿no? El "aplastamiento" de la cosecha, o ese momento en el que te agobias sólo de pensar en la pila de verduras que te quedan por procesar. Lo que Erika viene a decirnos es que hay luz al final del túnel, que en cuestión de unas semanas el pico de producción de la huerta habrá pasado, y cuando en invierno abras esos botes de salsa de tomate te alegrarás de haber hecho el esfuerzo de envasarlos. Y sí, así es. Pero de vez en cuando viene bien que te lo recuerden.

La receta del Chutney de ciruelas la he sacado del libro Preserving by the Pint, y la de la Mermelada de tomate, albahaca y vinagre de jerez del libro Canning for a new generation. Ya os hablé de ellos el año pasado. Sigo pensando que son libros fabulosos para los huerteros urbanitas aficionados a conservar una cosecha con superávit pero que no tienen ni el tiempo ni el espacio de hacer toneladas de un sólo producto. Tienen recetas muy originales y bien explicadas, hasta el momento ninguna ha fallado.

Ambas recetas son espectaculares como aperitivo, para acompañar carnes o arroz en una cena rápida. Por cierto, animo a quien pruebe a hacer el Chutney de ciruelas a que me deje un comentario diciendo si el sabor le recuerda a algo. D. desde el momento que lo probó dijo que le recordaba a un sabor de nuestra infancia. Tardó un poco en dar con qué era, pero cuando por fin dio con ello..... ¿a qué no os imagináis qué es?

Por cierto, antes de empezar a hacer las conservas os animo a leer este tutorial. Y si os interesa el tema, aquí podéis encontrar todas mis recetas de conservas.


CHUTNEY DE CIRUELAS (3-4 botes)

1 kilo de ciruelas, deshuesadas y troceadas
170 gr de pasas
120 gr de cebolla picada
la ralladura y el zumo de 1 limón
240 ml de vinagre de manzana
225 gr de azúcar moreno
1 trozo de raíz de jengibre (~3 cms) pelada y rallada
2 cucharaditas de café de semillas de mostaza
1 cucharadita de café de clavo molido
1 palo de canela
1/2 cucharadita de chile (opcional)

Mezclar todo en una olla y llevar a ebullición. Bajar el fuego y dejar que se cocine, removiendo a menudo, durante una hora más o menos, o hasta que tenga consistencia de mermelada. Esto se puede comprobar poniendo una gota en un plato, dejando que se enfríe y viendo si gotea.
Para el envasado y el conservado, podéis ver este tutorial.


MERMELADA DE TOMATE, ALBAHACA Y VINAGRE DE JEREZ (4-5 botes)

950 gr de tomates, troceados
600 gr de manzanas, troceadas
1/2 limón, troeceado
225 gr de azúcar moreno
50 ml de vinagre de jerez
2 cucharadas soperas de albahaca fresca picada

Poner en una olla los tomates, manzanas y limón, a fuego medio. Cuando los tomates hayan soltado su jugo y las manzanas estén blanditas y se les haya separado la piel, quitar del fuego y pasarlo todo por el chino. El jugo resultante, mezclarlo con el azúcar y el vinagre y volver a ponerlo al fuego, hasta que alcance el punto de mermelada. Esto se puede comprobar poniendo una gota en un plato, dejándola enfriar, y viendo si gotea. 
Para el envasado y el conservado, podéis ver este tutorial.

¡Os animo a que abráis el resto de Ventanas Verdes!

jueves, 23 de julio de 2015

De la huerta a la mesa: judías verdes con flores de cebollino y ajedrea


Esta es una receta muy sencilla, como casi todo lo que estamos cocinando últimamente, pero que dentro de su sencillez encierra el gran lujo que representa tener una huerta. Porque a pesar de que es de esas recetas que llevan sólo tres ingredientes, su éxito, precisamente, se basa en la calidad de los mismos y en el tratamiento que se les de. Es absolutamente de temporada, con habichuelas recién recogidas, flores de cebollino y la ajedrea, que es nuestro último gran descubrimiento. Esta hierba los ingleses la llaman savory, y los alemanes bohnenkraut, que significa, literalmente, hierba de las judías. Esto nos lo contó Rosi, que desde su puesto en el mercado de Tegueste, siempre con una sonrisa, ilumina nuestro conocimiento huertil y siempre tiene una buena recomendación sobre como utilizar los productos de la huerta. Nos sugirió que probásemos la combinación de ajedrea, con su sabor a medio camino entre el orégano y el tomillo, y judía verde, ya que según nos dijo parecían hechas la una para las otras. Y así es.


Algo muy importante en este plato es el punto de cocción de las judías. En España, lamentablemente, tendemos a sobrecocerlas. Nosotros hemos aprendido a tratarlas casi como si fueran pasta fresca, tienen que estar al dente. Hay que esperar a que el agua esté hirviendo a todo trapo, cocerlas sin tapa, ya que el vapor y la acidez tiende a cambiar el color de la judía, dejarlas sólo de 3 a 5 minutos, y luego cortar la coccion con agua fría para mantener un verde brillante. Tampoco las cortamos para cocinarlas, y es que nos parecen preciosas tal cual salen de la planta y, además, Nigel Slater, uno de nuestros chefs de cabecera, dice que la parte del tallo es la más dulce. En este caso, en particular, es muy importante dejar las habichuelas al dente ya que luego vamos a rehogarlas con la ajedrea fresca. 

Así que una vez cocidas las habichuelas, las rehogamos un momentito con la ajedrea en una sartén bien caliente. Y antes de servir, espolvoreamos con las flores del cebollino. Estas flores son deliciosas, tienen todo el sabor del cebollino pero con una textura muy delicada, son casi como fino papel. Y además crecer cebollino en una maceta es muy fácil, así que es un ingrediente sorprendente pero que puede estar al alcance de cualquiera, aunque no tenga la oportunidad de tener una huerta.
  
Creo, sinceramente, que esta es la manera más deliciosa de cocinar las habichuelas. Probadlo y ya me diréis.

Por último una recomendación para los que tenéis huerta: coged tantas como podáis cada vez que vayáis al terreno. No hay habichuela pequeña, cuanto más pequeñas más tiernas son. Y, además, cuanto más cojas más produce.

Espero que no vuelvan a pasar dos meses antes de la próxima entrada, pero supongo que os figuráis el motivo por el que el blog está un poquillo abandonado. Sami crece a toda pastilla. Ya gatea (más bien repta). Dice pa-pa y mah-mah, y otro montón de sonidos indescifrables. Come como una lima, sonríe a diestro y siniestro a todo el que se le cruza, ríe a carcajadas. Ayer me dio su primer beso. Este es, sin duda, el periodo de su vida que se desarrolla más rápido, parece que a velocidad supersónica. Cada día hace algo nuevo. Y quiero perderme lo menos posible. Dentro de nada, antes de que nos demos cuenta, preferirá irse a jugar con sus amigos al parque. Así tiene que ser. Y entonces ya tendremos tiempo de escribir y escribir. Pero, por ahora, la arrolladora vitalidad del cachorrillo le gana a todo lo demás.


jueves, 28 de mayo de 2015

De la huerta a la mesa: quiche ligera de guisantes y hierbabuena {tartas saladas con Ventanas Verdes}

Este año tenemos la huerta un poco asilvestrada (por decirlo suavemente). Estamos salvando a duras penas las temporadas, conseguimos plantar las cebollas y los tomates en su momento, pero tenemos malas hierbas a tutiplén, y la mitad de las camas sin sembrar. La verdad, da un poco de pena verla. Sin embargo, creo que lo importante es que hemos sido capaces de no rendirnos y perseverar. Es cierto que nuestro ideal de autosuficiencia no lo estamos cumpliendo, pero la primera calabaza o los primeros puerros que ha probado Sami han sido los de la huerta y eso, qué queréis que os diga, ya justifica que continuemos aunque sea sacando tiempo de donde no lo hay.


La temporada de guisantes acaba de terminar. Este año plantamos unos guisantes "del país" que crecieron de maravilla y tienen una flor morada muy bonita, como podéis ver en la foto de arriba (los de la izquierda son los guisantes del año anterior, de otra variedad y con la flor blanca). Decidimos usar unas ramas de higuera en lugar de una malla de plástico para que se enganchasen y el resultado fue estupendo, crecieron enramándose a la higuera dando una mata preciosa, cargada de flores. Pero nos han resultado un poco rústicos de sabor. Los que nunca habéis probado guisantes frescos quizá no entendáis a qué me refiero. Los que sí, sabéis que los guisantes según se arrancan de la mata tienen un dulzor natural que los convierte en auténticas "golosinas" hortícolas. Un dulzor que les dura sólo unas horas, por eso hay que procesarlos lo antes posible. Lo mejor es blanquearlos y congelarlos si no van a ser consumidos de inmediato. Estos no estaban tan dulces, pero aún así tienen más sabor que los comprados.

Aprovechando que es temporada preparé esta tarta, para nuestro reto mensual con las Ventanas Verdes. Este mes el tema son las tartas saladas. Esta es mi versión aligerada de una quiche que encontré en la revista Saveurs, cambié el queso y la nata por yogur y créme fraîche porque la quiche tradicional siempre me ha parecido muy pesada. Ahora que ya hace buen tiempo, las tartas saladas dan mucho juego, así que seguro que sacáis un montón de buenas ideas de cara a los futuros picnics veraniegos.




Ingredientes,

2 huevos
1 yogur
150 gr de créme fraîche
250 gr de guisantes
un buen manojo de hierbabuena fresca
masa quebrada

Calentamos el horno a 210ºC.
Estiramos la masa y la ponemos en un molde (mejor si es desmontable). Blanqueamos los guisantes un par de minutos en agua hirviendo, escurrimos, dejamos enfriar y reservamos. Batimos los huevos junto con el yogur y la créme fraîche y añadimos la hierbabuena picada.  
Horneamos 30 mino hasta que esté la masa dorada y el relleno asentado.

Como siempre os invito a que visitéis el resto de Ventanas Verdes.


viernes, 1 de mayo de 2015

#SanidadDesnutrida: que tu alimentación sea tu medicina, por una atención nutricional especializada en la sanidad pública


"Que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina."
 No lo digo yo, lo dijo Hipócrates en el siglo V antes de Cristo. Y para desgracia del que es considerado padre de la medicina moderna, esto es algo que en la Sanidad actual no se cumple. Bueno, no es que no se cumpla, es que la alimentación es un cero a la izquierda en el sistema nacional de salud, por mucho que sepamos a ciencia cierta que hay multitud de enfermedades que podrían prevenirse con una dieta y un estilo de vida saludables.
Precisamente para remediar esto el colectivo Dietética sin Patrocinadores ha convocado una manifestación el 10 de mayo, bajo el eslogan "Sanidad Desnutrida".  Y muchos blogueros comprometidos con una alimentación saludable estamos dando difusión al evento durante el mes de abril y mayo. Para ello nos pedían que hiciésemos una receta, o difundiésemos el manifiesto, o habláramos de lo que se nos ocurriera relativo al tema. Y yo he creído conveniente hablar sobre mi reciente experiencia como ex-embarazada y madre primeriza.

Hasta que me quedé embarazada mi experiencia con nuestro sistema sanitario era nula, gracias a una buena salud de hierro que supongo se debe a una mezcla de genética, suerte y buenos hábitos. Llevamos años comiendo lo que cultivamos, y en nuestra cocina campan a sus anchas los lactobacilos que habitan el yogurt, el kéfir, la masa madre y los fermentos varios que solemos preparar. Así que puedo decir que tengo un sistema inmunológico bastante privilegiado. Pero cuando me quedé embarazada tuve que ir a mis revisiones mensuales, y salvo decirme que lavara la lechuga con unas gotas de lejía y recetarme unas pastillas con ácido fólico, nadie me asesoró en ningun otro aspecto en cuanto a qué alimentación era mejor llevar. Lo cual me sorprendió porque, qué carajo, ese ser humano que está creciendo en tu panza se alimenta de lo que tú comes, así que si tú comes comida basura, él igual. Y varios de los problemas que puede acarrear un embarazo, como diabetes gestacional o hipertensión, podrían prevenirse llevando una alimentación adecuada. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, alrededor de la semana 30, en las clases de preparación nos tocó una charla sobre alimentación. Ejem.... ¿a esas alturas? La mayoría de las mujeres que asistían conmigo a las clases tenían kilos de más, y al menos la mitad podrían haberse catalogado como obesas. Todas confesaron cosas como que "no salían del súper sin una bolsa de bollos" o que no comían fruta ni verdura. Prácticamente ninguna hacía ejercicio, salvo el que hacían en las clases. Francamente, esas mujeres habrían necesitado un nutricionista que las guiara y les inculcara hábitos saludables desde el principio. En un país que supera con creces la tasa de cesáreas recomendada por la OMS, seguro que influye el hecho de que una gran mayoría de las embarazadas llegue a término con sobrepeso.

Luego cuando nació Sami nos encontramos con el fabuloso mundo de los percentiles y las "ayuditas", parecía que era más importante que el bebé estuviera gordo a que estuviera sano. Afortunadamente nuestra pediatra es una defensora de la lactancia materna, pero cada vez que nos veía la enfermera de pediatría de turno nos soltaba cosas como "ah ¿toma SÓLO pecho?" "si no engorda más habrá que darle una ayudita". Tampoco hemos visto hasta el momento ni rastro de nutricionistas, y buena falta que harían ya que las recomendaciones al comenzar la alimentación complementaria tiene perlas como esta:


nada puedo añadir sobre el horror del "mi primer yogurt" que no haya dicho ya la OCU (entre otras cosas, ni si quiera son yogures y llevan azúcar) por eso el hecho de que lo recomienden me dejó ojiplática. ¡Recomendar un derivado lácteo con azúcar para un bebé de seis meses! Esto, si hubiera nutricionistas en pediatría, no pasaría. ¿Cuántos padres habrá por ahí que den a sus hijos guarrindongadas tipo Hero Baby? Si además de hacer las revisiones con el pediatra y poner las vacunas, los padres y madres pasáramos consulta con un nutricionista nadie estaría dando a sus hijos galletas a los 4 meses o postres azucarados a los 6.

Así que para mi ya sólo este motivo de su manifiesto es suficiente para reclamar atención nutricional especializada en nuestro sistema de salud:

Porque tenemos una tasa de obesidad infantil alarmante y en aumento, y no hay Técnicos Superiores en Dietética ni  Dietistas-Nutricionistas en atención primaria ni en pediatría.
¡Algo falla en tu Sanidad!¡Exige atención nutricional!
Apoya la campaña. Manifiéstate el 10 de mayo, a las 12:00, frente al Ministerio de Sanidad.

jueves, 26 de marzo de 2015

Bizcocho de halva y nueces de Ottolenghi {Recetas con sésamo con Ventanas Verdes}


Llevo dos meses sin publicar, por la sencilla razón de que el tiempo se pasa volando al lado del cachorrillo. Cada día hace algo nuevo: agarrar el biberón, morderse los pies, quitarse los calcetines....tonterías en apariencia que son signos de que su cerebro funciona a toda caña, haciendo conexiones neuronales que le durarán toda su vida y aprendiendo los movimientos que en el futuro le permitirán caminar, escribir... las bases de todo lo fundamental de la vida se asientan en unos pocos meses. Sabiendo que tendría que volver al trabajo en breve, he intentado no perderme nada. Ahora sólo nos vemos por las tardes, pero es entrar en casa y el granujilla estira sus bracitos hacia mi y me echa una gran sonrisa. Pero el reto mensual de las Ventanas Verdes era una buena excusa para volver a aparecer por aquí. Además, me siento responsable del ingrediente que hemos elegido para nuestras recetas de este mes: el sésamo. Soy culpable de haber contagiado a algunas de nuestras ventanitas mi adicción al pan con tahini y miel. Y mi nuevo vicio: la halva.

La halva, cuyo nombre viene del árabe halwa (dulce), es una especie de turrón blando que se prepara con tahini, azúcar o miel, y raíz de malvavisco (Althaea officinalis). Es muy popular en Oriente Medio, Turquía, pero también en los Balcanes, en donde se suele preparar con semillas de girasol en lugar de con sésamo.


D. y yo nos aficionamos a la halva, o helva como la llaman en Turquía, cuando vivíamos en Holanda, en donde la vendían al peso en muchas tiendas de productos turcos. Luego pudimos probarla en Estambul, en donde la fabrican con muchos sabores y llena de frutos secos, sobre todo en las tiendas de la cadena de confiterías Koska. Y hace poco di con ella en Santa Cruz en la tienda de Sharoj, y los últimos meses se ha convertido en ingrediente habitual en nuestra cocina. Un bol con kéfir, papaya, avena, nueces y halva es una cena ideal para los días en los que terminas cansada y no te apetece nada cocinar.

Variedad de helva de la tienda Koska

Di con esta receta del libro Plenty More, de Yotam Ottolenghi, cuando ya había empezado mi afición a la halva, y decidí que tenía que hacerla sin falta. La he adaptado a mi estilo de cocinar porque, francamente, ya con la cantidad de nueces y halva que lleva es una receta muy, muy calórica, así que traté de aligerar el bizcocho usando yogur en lugar de crema y aceite de oliva en lugar de mantequilla. Ya he comentado antes que desde que empecé con la lactancia estoy comiendo como una lima y no engordo ni un gramo, así que este bizcocho me viene de maravilla porque como además lo hice con harina integral, con desayunar un trozo ya no tienes más hambre hasta la hora de comer. Eso sí, hay que ser conscientes de que es un dulce del que no conviene abusar. Pero un día es un día, y puestos a pecar mejor pecar con esto, que además alimenta, que con uno de esos bollos industriales llenos de calorías vacías. Este bizcocho está repleto de ácidos grasos ricos, de las nueces, y calcio del sésamo. Puestos a engordar, que al menos nos llevemos nutrientes pal cuerpo.   


Ingredientes,

120 gr de nueces troceadas
60 gr de mantequilla
1 cucharada sopera de canela molida
25 gr de panela
150 gr de halva, troceada

200 gr de harina
3/4 de cucharadita de bicarbonato
3/4 de cucharadita de levadura
una pizca de sal
100 gr de azúcar morena
85 gr de aceite de oliva virgen
1 yogur natural
2 huevos, yemas y claras separadas

Calentamos el horno a 180ºC.
Preparamos primero las nueces. Calentamos la mantequilla a fuego suave en una sartén pequeña, hasta que empieze a tostarse. Apartamos la sartén del fuego y cuando se haya enfriado mezclamos la mantequilla con las nueces y la canela. Separamos la mitad de estas nueces y las mezclamos con la panela. Reservamos.
Mezclamos en un bol la harina con el bicarbonato, la levadura y la pizca de sal. En otro mol mezclamos el azúcar con el aceite, el yogur y las yemas de huevo.
Añadimos la mezcla de ingredientes secos a este último bol y removemos hasta tener una mezcla homogénea, con cuidado de no trabajar demasiado la masa.
Batimos las claras a punto de nieve y las añadimos al bol con movimientos envolventes de una espátula.
En un molde de bizcocho forrado con papel de hornear, echamos la mitad de la masa. Ponemos por encima la mitad de nueces que no llevan azúcar, y por encima de estas la halva. Echar la masa restante, y terminar con las nueces que llevaban azúcar.
Hornear 45 minutos. En la receta dicen que hornees hasta que una aguja clavada en el bizcocho salga limpia, pero no lo hagais así porque la halva se derrite y para cuando la aguja sale limpia el bizcocho ya está demasiado horneado. Yo lo tuve 50 minutos y fue demasiado.
Dejar enfriar 20 minutos en el molde antes de desmoldarlo, y no cortarlo hasta que se haya enfriado por completo.  

Animaos a abrir el resto de Ventanas.